| Empezaré por presentarme, me llamo Nícolas
y nací al final del siglo XVIII en Italia;
como veis tengo muchos años, pero eso no
es malo para un violonchelo bien construido como
yo (perdonad mi falta de modestia).
Mi luthier me fabricó con mucho cariño
para su sobrino Jacobo, pero a los pocos años
Jacobo perdió el interés por la música
y por mí y me vendieron a una familia noble
que huyendo de la Revolución Francesa pasó
por Italia para acabar viviendo en Austria.
-¡Que suerte!, pensé, estoy en el mejor
país para la música y además
mi nuevo dueño Morís, era un jovencísimo
interprete de doce años que me cuidaba muchísimo
y me tocaba muy bien. Además Morís
tenía una hermana melliza, Marguerite a la
que enseñaban piano y un poco de violín.
En aquella época a los chelos no se nos
consideraba instrumentos para ser tocados por mujeres
y mucho menos en público. Sin embargo a Marguerite
la encantaban los sonidos que con su arco de violín
creaba sobre mis cuerdas. A escondidas y con la
ayuda de Morís fue aprendiendo tanto como
él, incluso llegó a superarlo y cuando
no la oía nadie me tocaba como lo haría
un verdadero maestro.
Marguerite sabía que por mucho que lo deseara
nunca podría actuar ante un gran auditorio,
sin embargo su hermano llegó a ser un famoso
concertista y actuó en las mejores salas.
Pero un día Morís tenía que
tocar en el Gran Teatro de la Ópera de Viena
delante del público más selecto y
tuvo la mala fortuna de tropezar y lastimarse la
mano izquierda. Mala suerte para Morís y
muy buena para Marguerite ya que disfrazada de su
hermano dio el concierto y por una vez pudo tocarme
en una gran sala delante de todo el mundo.
Al día siguiente en Viena solo se hablaba
del gran concierto y de que Morís había
realizado la mejor interpretación de su vida.
Marguerite, Morís y yo, siempre guardamos
el secreto de lo que ocurrió en aquel concierto.
Viví con ellos muchos y felices años
hasta que pase a pertenecer a … Pero eso es
otra historia que os contaré otro día.
CARMEN MENDOZA ÁLVAREZ
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