Una acaba amando lo que sus seres más
queridos aman.
Mis hijos han querido y quieren al ALKOR.
Han crecido entre sus paredes. Han contemplado la
nieve, la lluvia, tras los cristales de sus ventanales.
Han cuidado la granja, el huerto, los animales de
corral.
Cuando llegaban a casa, de pequeños, me contaban:
“ mamá, hoy hemos ayudado a dar de
comer a los conejos...”
Han corrido por el patio. Se han caído...han
corrido llorando y alguien les curó la herida...
Aprendieron a nadar, a sumergirse y volver a salir
a flote. A dejarse caer en el agua y emerger riendo.
Aprendieron a actuar en público, dando conciertos,
cantando, actuando.
Tuvieron que aprender a aceptar lo que no les gustaba
y disfrutaron de lo que sí les agradaba.
Soñaron pequeños amores, aventuras...
Aprendieron a reconocer y apreciar la claridad de
propósito.
En cuanto a mí y a muchas madres como yo...tenemos
muchas horas de patio, de espera paciente, de búsqueda
“...¿ Has visto a mi hijo...?”
De correr cuando las Semanas culturales nos regalaban
con varios eventos en los que participaban y tenía
que correr de un escenario a otro, para no perdérmelo,
para que ellos sintiesen que allí estaba...a
la carrera, pero estaba.
He aprendido y aprendo a aceptar y tolerar. Nos
conocemos ya mucho, son muchos años compartiendo
un trocito importante de nuestra vida y lo más
valioso: los niños y niñas. Los adolescentes.
Ya sé por qué mis hijos se sienten
en el cole como en casa, y yo misma. Es mucho tiempo,
sí. Pero sobre todo es el cariño y
la complicidad que lo abarca todo, ese ruidoso espacio
lleno de aparentes virtudes y aparentes defectos.
Luces y sombras.
Hace pocos días se despidió del colegio
otro de mis hijos. La tarde de la graduación
parecía querer ser reflejo del estado de
ánimo colectivo: no se sabía muy bien
si saldría el sol, si seguiría lloviendo,
si haría frío o calor: la misma ambivalencia
de no saber si llorar de nostalgia o emocionarnos
ante este presente que se proyecta prometedor hacia
el futuro...
...Es la vida. Es crecer. Es hacernos mayores y
mirarles de cerca pero con la debida distancia,
dejándoles el espacio para expandirse y que
las alas les crezcan grandes, hermosas. Ellas y
ellos reflejan todo eso en sus miradas brillantes,
limpias...
Alegría. Futuro.
Esos años bulliciosos, esos grandes ventanales,
esos rostros y esas voces que les han acompañado
día tras día, año tras año,
permanecerán para siempre. Seguro. |